02/12/2008 | Noticias, Salidas profesionales
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La formación como valor estratégico de la empresa

Por: Julián Peinador, Vicedecano del Área de Postgrado, ESIC Business & Marketing S

El capital humano se ha convertido en un elemento clave para las empresas que, cada vez más, demandan profesionales que dispongan de una formación en gestión de empresas más interdisciplinar y generalista. Esta formación es esencial desde el punto de vista estratégico de las empresas que buscan colaboradores que aporten un valor añadido a los diversos puestos de trabajo en los que se integran.

Esta situación que crece día a día en España, hace que cada vez sea más necesaria la enseñanza de postgrado; una formación que en algunos casos, puede dotar al titulado de una mayor especialización y, en otros, sirve para complementar sus estudios universitarios.

Una población cada vez más amplia de personas, entre los que cabe señalar titulados superiores, diplomados y profesionales,  desean hacer este tipo de pro-gramas formativos guiados por necesidades y motivaciones diversas que a lo largo de este trabajo intentaremos descubrir, pero que en cualquier caso van ligadas a las demandas empresariales y a la situación tan competitiva a la que se tienen que enfrentar todas las personas en edad de trabajar, especialmente los “todavía” jóvenes que tienen muchos años por delante de vida profesional.

En España, la enseñanza de postgrado, sobre todo la enseñanza de los tan conocidos “Master”, es un fenómeno que no ha cesado de crecer en atención a satisfacer esa demanda que señalábamos anteriormente. El segmento de escuelas de negocios obtuvo una facturación total de 515 millones de euros a cierre de 2005, es decir, un 6,0%  de crecimiento más que en 2004.

El número de centros de estudios de empresa y escuelas de negocios ascendió a unos 330 en 2001, cifra que refleja una tendencia a la baja sustentada en la desaparición de centros de reducido tamaño que no han podido permanecer en un mercado altamente competitivo en términos de calidad.

Las crecientes exigencias del mercado laboral seguirán impulsando la demanda procedente del segmento de profesionales, lo que amortizará, en parte, el descenso del número de alumnos graduados en carreras universitarias previsto para los próximos años.

Para poder competir, las diferentes instituciones han hecho, y siguen haciendo, innumerables esfuerzos por captar clientes (en este caso alumnos) intentando diferenciarse de sus competidores, mediante alguna o varias de las acciones siguientes:

- Con productos nuevos que se van adaptando a las nuevas demandas de las empresas.
- A través de unas normas de exigencia y productos de evaluación que permitan ser percibidas en el mercado como “diferentes”.
- Invirtiendo en instalaciones y nuevas tecnologías que les permitan ir por delante de las demás.

Pero esa competencia dependerá de su consolidación en el mercado (durante los últimos años de la década de los 80 y primeros de la de los 90, se abrieron y cerraron muchas escuelas de este tipo), y de ser percibidas por los públicos a los que quieren servir como centros que dan una calidad aceptable en las disciplinas que enseñan, caracterizándose cada una por ventajas diferentes que las otras no tienen.

En este ánimo de competir y diferenciarse, las instituciones y escuelas privadas más antiguas han creado asociaciones para establecer unas normas de funcionamiento que permitan exigir unos mínimos de calidad establecidos por dichas asociaciones. Al estar asociado, se crea una imagen de calidad que les diferencia de las demás escuelas o instituciones que no lo están, y de esta forma, generar confianza en los alumnos potenciales que, y  esto no hay que olvidarlo, también son clientes.

Esta doble distinción de alumno/cliente obliga a las escuelas a pensar no sólo en la venta de un programa que se materializa en una matrícula y captación del alumno, sino también en analizar cuáles son las motivaciones de esos alumnos, qué necesidades y peculiaridades tienen, y cómo se puede enfocar la enseñanza hacia un tipo de público que no es esencialmente universitario.

Muchas escuelas saben que los métodos utilizados con los alumnos de educación universitaria (de grado), fracasan “rotundamente” cuando se aplican a este nuevo colectivo de alumnos de postgrado, más adultos, que buscan la consecución de otros objetivos, y que, o bien no quieren repetir la experiencia universitaria (hablando en términos metodológicos), o buscan otras formas de aprendizaje si no han pasado por la Universidad.

La percepción de la calidad por parte de estos alumnos y su evaluación posterior será fundamental para que recomienden las instituciones en donde han seguido la enseñanza de postgrado.

Para ello, las escuelas de Negocios tienen en cuenta, al elaborar los programas formativos de postgrado, cuales son las motivaciones fundamentales de los alumnos que se matriculan en ellas; a saber:

- Enseñanza teórico-práctica muy enfocada a la tarea, a la dirección del negocio, en definitiva: a la gestión.
- Que esa enseñanza teórico-práctica se apoye a su vez en las últimas tecnologías empleadas para el apoyo a la gestión.
- Que sea impartida por profesionales de las áreas de gestión a las que corresponden las diferentes disciplinas que se enseñan, por un motivo primordial: los ejemplos a los que se refieren son hechos vividos por ellos, en general problemas que les han surgido y que han tenido que resolver.
- Que la red de contactos con empresas de la Escuela de Negocios sea lo suficientemente amplia, para que los alumnos puedan optar a nuevos puestos de trabajo, nueva oportunidades profesionales.
- Que la Escuela tenga una imagen en el mercado laboral, lo suficientemente importante como para que el diploma, el reconocimiento de la formación adquirida, sea contemplado por las empresas como garantía del buen rendimiento profesional del candidato que opta a un puesto ejecutivo de trabajo.
- Que se contemplen nuevos escenarios de actuación, otros continentes, otros mercados, como consecuencia de la globalización. Contactos con Centros de otros países, proyectos con otras escuelas extranjeras, etc.

Contemplando estas premisas, tanto las escuelas de negocios, como sus alumnos, tendrán el éxito asegurado, y desde luego las empresas, receptoras últimas del nivel de enseñanza profesional que les permite mejorar y competir en condiciones muchos más óptimas que en el pasado.